Un buen día sucedió que la ética entró en el debate del vino

Un buen día sucedió que la ética entró en el debate del vino. Venía de lejos, porque hacer vino es un acto agrícola y la agricultura hace tiempo que empezó a cuestionar los puntos éticos de su trabajo: la ecología, sobre todo. Así que era inevitable, necesario y justo que la producir vino se vio obligado a lidiar con la ética, a pesar de algunas consecuencias indeseables: cierto talibanismo, intolerancia, la dificultad de dialogar con quien no quiere saber nada de lo que se define, por ejemplo, como natural.

A pesar de todo, quienes elaboran vino, unos más o menos, unos por convicción y otros (seamos realistas) por razones de marketing, se enfrentan a la visión ético-ecológica ligada a la producción. Por tanto, podríamos decir que la tendencia es positiva.

Sin embargo, desde mi punto de vista, todavía estamos en un punto incierto del cruce, y las contradicciones internas del sistema a veces son difíciles de aceptar. Digo «desde mi punto de vista» refiriéndose a mi función como comerciante, ya que esto es, un comerciante de vinos. Soy un eslabón de la cadena, y tiene sentido que hasta alguien como yo se pregunte: ¿qué estoy haciendo para todo esto? ¿Estoy dirigiendo mi trabajo hacia algún tipo de sustentabilidad, soy un válido intérprete de las exigencias éticas de quien produce? En resumen: ¿cómo encajo yo en todo esto?

Estoy hablando de mí mismo, pero estoy hablando de gente como yo. ¿Son los comerciantes un canal adecuado y coherente para esta transformación/visión?

La respuesta (por extraño que parezca) es fácil. Depende: unos sí, otros no. El hecho es que el término «comerciante» es vago, porque en la cadena de suministro identifica alternativamente la tienda de vinos independiente (como habrás adivinado, soy yo) o el punto de venta dentro de un supermercado. Estos dos lugares no son exactamente idénticos.

Necesito esto, ahora, para trasladar al menos un poco la responsabilidad de la cadena de suministro a quienes producen vino, y no a quienes lo venden. Porque a esta altura de la lectura puedo desvelar: la mía es una perorata, ese es uno de esos post en los que el blogger se queja.

Así que ahora subo. ¿Hasta qué punto quienes elaboran vino, quizás de forma natural y ética, deben cuidar su cadena de suministro? ¿Es normal darse a sí mismo un maravilloso (quiero decir sinceramente) código de ética, solo para luego confiar ese producto a un canal de ventas al que le importa una mierda la ética?

Como toda diatriba que se precie, todas estas preguntas nacieron, a modo de atar cabos, tras observar recientemente hechos muy marginales pero también conocidos: el vino natural puesto en un anaquel por la gran distribución, ese tipo de distribución que , ecológicamente hablando, no tiene nada que decir. Entiendo que todos estamos inmersos en una situación de mercado en la que es muy, muy difícil permitirse el lujo de ser selectivo con los clientes, y seamos realistas, económicamente hablando, ni siquiera es recomendable.

Para mí queda la visión de un escenario contradictorio, en el que las exigencias éticas de quien es natural, orgánico, punk, alternativo (busca una palabra que te guste) acaba interrumpiéndose en el momento en que el vino sale de la bodega. Probablemente el tipo de control que imagino es técnicamente imposible. Pero esto no disminuye la dureza de la contradicción.

[Immagine – crediti]




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