me iba a dormir y vino mi abuela

—Le dio positivo.

Una llamada. Tres expresiones. Y por el momento no vas a escuchar mucho más.

En el momento en que tenía diez o 11 años, acompañé a Ilda al cementerio, donde todavía están sepultados los fallecidos que ella amó. Iba asimismo Luis Wenceslao, mi abuelo. Se desearon, a su modo. El hombre con el que se casó y con quien tuvo tres hijos hombres, el hombre al que logró la cama, el cariño, la sopa, las camisas y las bufandas.

La escucha al desafío

Se acostumbra menospreciar el poder de la escucha y del acompañamiento, tal y como si no fuese bastante. No obstante, estar a la vera de alguien que padece, validar con nuestra atención todo cuanto vive, le va a ayudar a caminar el sendero del desafío. Aceptar al mal poner expresiones al mal, expresarse con el llanto o el enfado, o comunicar de qué forma está encarando su pérdida le va a ayudar a llevar a cabo las tareas del desafío de una forma prácticamente espontánea.

by Tryno Maldonado, sugerido por The Buenos AiresReview

Mi madre es educadora. Profesora de anterior a la escuela. Si deseas joder las relaciones cariñosas de un hombre con las mujeres para el resto de su historia, no hay procedimiento mucho más eficaz: inscríbelo en la clase de su madre en el anterior a la escuela. ¡Buena suerte, Freud! Transcurrido un tiempo he creado la creencia de que mis relaciones con las mujeres no son mucho más que una emulación tras otra, mi relación platónica y tormentosa con mi maestra de anterior a la escuela.

vino

Que resultó, de paso, ser mi madre. Exactamente los mismos anhelos, exactamente la misma idealización, exactamente las mismas esperanzas. Exactamente las mismas situaciones de celos. Exactamente los mismos fallos. Ah, Freud… Un día, a los seis años, mi madre me sorprendió masturbándome con un par de pantalones suyos que dejó secando en la regadera. Fui acusado. Mi abuela Amparo me ha dicho esa tarde que quemaría en el infierno para ser un cerdo y apagó las brasas de su puro en el dorso de la mano como un anticipo de lo que se tenía guardado en el infierno. Freud… ¡Me cago a Freud!

A mi abuela Amparo le agradaba fumar puros por las tardes mientras que tejía con ganchillo y cotilleaba con sus nueras. Tomaban un café negro muy aguado en polluelos de peltre y fumaban. En ocasiones, y solo si mi abuelo no se encontraba, mi abuela echaba a ocultas un chorrito de mezcal en su café y en el café de las nueras. Jamás comprendí por qué razón todas y cada una estas señoras, mis tías políticas, se reían tanto y tan de manera escandalosa. Su risa se oía aun hasta la tienda hasta los encuentres donde me mandaban a adquirirlos mucho más puros. Un día me tomé a ocultas el café de mi abuela. Remojaba un dedo y me lo llevaba a la boca a ratos sin que ella ni mis tías se diesen cuenta. Ese día tampoco pude dejar de reírme conejas.

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