En Carema «entre los viñedos más majestuosos del mundo» y vinos espléndidos, lo que sea

Por pequeños que sean en superficie, los viñedos de Carema se encuentran entre los más majestuosos del mundo.”. Perdón por la introducción xenófila pero no todos los días se lee «entre los viñedos más majestuosos del mundo». Estas palabras están tomadas del libro «Reflexiones de un comerciante de vinos” de Neal Rosenthal, importador estadounidense desde 1980 de los vinos de Luigi y Roberto Ferrando, productores en Carema, una pequeña ciudad piamontesa en la frontera con el Valle de Aosta. Llama la atención la afirmación de un criador avezado como Rosenthal (que también aparece en Mondovino), que ha permitido dar a conocer esta pequeña DOC más allá de nuestras fronteras.

Llama la atención porque en casa este vino está muy alejado de los protagonismos. Uno sobre todo: cabe señalar, por ejemplo, la ausencia de Carema en el depósito de la Banca del Vino de Pollenzo, que conserva prácticamente todo el Piamonte. Sin embargo, es difícil no estar de acuerdo con esa afirmación si solo echa un vistazo a las 16 hectáreas de pérgolas que rodean la ciudad de Carema en un anfiteatro. Un panorama que parece robado de la portada de una guía de enoturismo de Francia donde se alternan terrones mágicos como el Clos Vougeot y el Clos St. Hune. El asombro continúa cuando se descorcha una botella, quizás una Riserva, quizás con etiqueta negra: la que produce Roberto Ferrando, precisamente.

La última añada en el mercado, 2005, a pesar de la cosecha no excepcional, convence con la impronta típica de la montaña Nebbiolo, con su color fabulosamente pálido, con su cuerpo aligerado por una acidez fresca y nerviosa, garantía de larga vida. El tanino joven no inquieta y el larguísimo final es todo para una persuasiva nota balsámica y regaliz que vuelve con más decisión que el primer impacto en nariz, más dominada por las especias (la madera se deja sentir sólo al principio sin estruendo) y por fruta en alcohol. La mineralidad, por supuesto, no falta: las terrazas con tierra de relleno no dejan grandes profundidades y las rocas morrenas ponen su firma en cada uva que madura en esta bendita cuenca. Una vocación debida a muchos factores y que convenció y convence hoy en día a perseverar en una viticultura ciertamente poco rentable. Hace unas décadas, cada patio y cada pequeño terreno no urbanizable del pueblo estaba plantado de vid. Socavadas aquí y allá por pequeños jardines y plantas de kiwi (¡verdad!), las plantas de vid presiden el pueblo pero junto con otras porciones fuera del núcleo habitado dan paso a bosques y terrenos baldíos, reduciendo la ya limitada extensión del Doc. Hay no tiene mucha culpa, si tenemos en cuenta que para los lugareños la enfermedad más frecuente es coincidentemente la hernia discal, fuerte aliada de los muros de piedra seca, famosos por su no precisamente fácil mantenimiento. Si acaso, sugiere el destino diferente que han tenido los viñedos del cercano (o mejor dicho, anexo) Valle de Aosta, donde las bodegas cooperativas han tenido un papel más incisivo en la salvaguardia del territorio asistidas por una administración quizás un poco más generoso.

Si Nebbiolo ya es un patrimonio en sí mismo, el de Carema -variedad que recibe el nombre de picotendro- lo es más por la belleza del lugar donde ha decidido crecer y por el original resultado que da en las botellas. .llenar con su vino.

[Immagine: Luca Bot]




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