don quijote lucha con los cueros de vino

Era un día fantástico y por cierto motivo me entraron ganas de pasear, paseé hasta llegar a la plaza del pueblo. Me senté sola, viendo pausadamente la escultura de Don Quijote. 2 pequeños jugaban a su alrededor, según escuché estaban imitando la pelea entre Don Quijote y los cueros de vino. Los jubilados estaban sentados comentando de viejos tiempos.

Me dormí. Al despertar todo se encontraba desierto, solo quedaban restos de cubos, zapas y castillos, olvidados por los pequeños. Había algo extraño, esa plaza por el momento no era exactamente la misma. De pronto oí el relincho de un caballo, pero no le dio relevancia. Pálida, me quedé al notar la escultura de don Quijote acercándose a mí, creía que se encontraba soñando pero no fue de esta manera. Se aproximó hasta la sombra de mi cuerpo y mencionó que él era el popular don Quijote de la Mácula «el de la Triste Figura» y que venía a rescatarme de ese enorme maligno que tiene por nombre Planeta.

Genuino importancia vinícola

De forma que, durante toda la obra, se nos enseña el “Vi”, como un complemento indispensable de cualquier comida. De esta forma en el Capítulo I, 2, prácticamente al comienzo de la obra, Don Quijote recibe su bautismo de vino: “… Y puesto uno hacia la boca, del otro le iba realizando el vino…”. Tampoco va a tardar Sancho en elegir el vino al agua: (“… Suplicó a Mari Tornes que se le encontrase vino…”, I, 17). No obstante, peor instante es lo que ocurre Sancho en ese otro pasaje: (“… Mas les sucedió otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas y cada una, y fue que no tenían vino para tomar…” , I, 19). Menos mal que, en el final, el hecho de llevarle el vino solventa varios inconvenientes: (“… Lo limpiaron, lo sacaron el vino…, II, 53). Si bien no en todos los casos sucede del mismo modo: (“… Estando la séptima noche…. de su gobierno en su cama…, no cansado de pan ni de vino…, II, 53).

Es un hecho que, en general en los viajes, la multitud de la temporada acostumbraba a ir bien lista de la bebida arrebatadora (“… Fueron seis botas de vino, que cada uno de ellos sacó la suya de su alforja …hasta el buen Ricote…sacó la suya… que en excelencia podía desafiar a las cinco…”, II, 53). Si bien, lamentablemente, prácticamente todo tiene su fin: (“…4 ocasiones brindaron rincón las botas… pero la quinta no fue viable, pues ahora estaban mucho más secas y secas que un esparto… Para finalizar, terminarle el vino… , II, 53) .

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