Cata a ciegas de vinos de Langa

En la Langa no es difícil encontrar buena cocina tradicional sobre la que repartir grandes botellas. Más divertido aún y cuando alguien te cuida poniendo en la mesa grandes vinos a ciegas: las sorpresas nunca fallan. Las ideas y las hipótesis se superponen y se pueden cometer errores sensacionales. Sin embargo, beber sin asideros puede fortalecer las propias convicciones, eliminando cualquier tipo de presión del vaso. En definitiva, se presenta desnudo, con sus atributos al viento. La diversión está garantizada. Aquí están nuestras notas, vino por vino, en orden de cata.

Barolo 2004 Pressenda, Marziano Abbona
Marziano Abbona, famoso sobre todo por su Dogliani, tiene hermosos viñedos en Monforte (concretamente en Castelletto) y con la colaboración del experimentado tándem Beppe Caviola & Giampiero Romana, crea un Barolo con un carácter discretamente modernista. Comienzo diciendo que el vino no es particularmente de mi estilo, desde el punto de vista estilístico, pero independientemente de los gustos personales, la nota al margen es por la tendencia desigual durante la cata. Lo probamos en dos momentos diferentes, del mismo magnum, pero servido en dos copas diferentes (una bordelesa y otra borgoña, más propias de Nebbiolo). En el primer caso, el vino parecía irreconocible, profundo desde el punto de vista cromático, granate oscuro, ligeramente opaco. En nariz destaca notas sangrientas, base de carne, frutos negros y un ligero tostado. En boca el vino mostró fuerza pero poca tensión, humedeciéndose en el final y asentándose en el centro de la boca. El segundo vaso, servido veinte minutos después (posiblemente mejor oxigenación) se vertió a ciegas en el vaso más adecuado.
Aquí, el burro cae. Todos los comensales de la mesa lo cambiaron por otro vino. La nariz parecía más relajada, las notas “carnosas” que acaparaban la atención olfativa habían disminuido para dar paso a la fruta, siempre en mermelada, ya un picante más evidente (raíz de regaliz, nuez moscada). Es paradójico el contraste en boca, que parece más dinámico, avivado en el final por una acidez más perceptible. En definitiva, la combinación “efecto sorpresa/oxigenación/vidrio” es destacable. ¿Sugerencia? No lo creo.
Alcohol, diría yo. Está claro que ya estábamos borrachos.

Sorì Tildin 2001, Gaja
Vertido en la copa, esta vez apta, mostró inmediatamente su calibre. A la vista era enfocada y fina; el color granate intenso, sin llegar a sobredimensionar (en ello evidentemente pone su peso el proverbial equilibrio de Barbera). En nariz el vino es austero, agradablemente apretado. En boca: gran compacidad, jugosidad, taninos vivos y acidez. Aquí hay mayor homogeneidad en los juicios y surge de inmediato el nombre de Angelo Gaja. La figura obviamente es suya. Sin embargo, es en la milésima cuando duda. El vino, de hecho particularmente intacto, firme, no hace más que desplazar. Personalmente, divido mi tiempo entre 2004 y 2001, inclinándome finalmente por este último.
Juego al bingo pero, quiero decirlo, será lo único que acertará durante la velada, puntuando mi actuación con vergüenzas. Como siempre.

Barolo Cerequio 1990, Roberto Voerzio
Con esta muestra volvemos a andar a tientas en la oscuridad. Cromáticamente un poco aburrido, potencialmente muestra su edad. En nariz confirma las sensaciones de evolución, marcando notas de mermelada, café y alquitrán. No hay anillos. La cata también confirma la fase olfativa: todo parece un poco granulado, dominado por una sensación de calidez. Hay riqueza pero no soporte ácido-tánico. Nebbiolo? Oh sí. Pero un año caluroso. Una milésima entre los 80 y los 90, comentamos. Se disparan ejemplos y la etiqueta se revela en el alboroto. Es La Morra, es Cerequio, un cru que me encanta por su legibilidad y elegancia, es un 1990, una gran añada que, sin embargo, puede tener resultados mixtos en la copa.
La botella en cuestión no hace más que confirmar las dudas sobre la perdurabilidad de la añada, en particular cuando ésta, ya de por sí rica, está sujeta a zonas que pueden dar vinos más horizontales que verticales ya un estilo que favorece la extracción. En resumen, un buen vino, Dios no lo quiera, que sin embargo ha llegado a su punto máximo durante un tiempo y ya no te hace saltar en tu silla. Hubiera sido genial haber tirado del cuello de la botella hace un par de años.

Barolo Riserva 1993 Monfortino, Giacomo Conterno
“Ah, los vinos de Roberto Conterno, con su estilo inconfundible. ¿Cómo es posible no reconocerlos?”.
Aquí, esto es lo que quería decir poniéndome el vaso. Y en cambio, nisba.
El ’93 de Monfortino es ese vino que te arriesgas a fumar incluso con la botella destapada. En retrospectiva, la trazabilidad y el sabor de la maison no están del todo ausentes, son los atavíos de la añada los que lo prohíben. He catado otros vinos de la misma añada y, cuando los he encontrado bebibles, siempre he observado su delgadez. Monfortino, por otro lado, aunque conserva su atractivo clásico, rompe el molde. El color es correctamente profundo y la nariz muestra un brío «juvenil». Es balsámico, tiene notas de granada y matices florales; gracias a la nota cítrica canónica (cáscara de naranja), que la parte en dos, se percibe también un agradable frescor que reaviva el olfato y el sorbo. No le falta sustancia ya pesar de la añada es un vino tridimensional. Es un placer beberlo y ver cómo cambia. Lo tragas sin esfuerzo, gracias a la combinación perfecta de finura y textura, pulpa y elegancia. No se mantiene monolítico como el primo de Barbaresco (léase: Sorì Tildin) pero no desaparece, más bien se destaca y se cierra. Vigorizante.




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