a qué vino jesucristo a la tierra

Para bastantes fieles, el mensaje central de la misión de Jesucristo sobre la Tierra fue su amor infinito, su clemencia y su amabilidad. Con sus enseñanzas, el Hijo de Dios nos mostró el sendero a proseguir y de qué forma contemplar la gloria de su creación. Para quien cree en él, todo lo mencionado es precisamente verdadero, ya que Jesucristo, siendo Dios, es interminablemente bueno y misericordioso, y con su amor nos ofrece cada día el ejemplo para lograr conducir una vida pura, caminando a la luz. ¿Nos encontramos seguros de que este fue la meta primordial de su misión sobre la tierra? ¿Nos encontramos totalmente seguros de que solo es necesario confiar en su amor y en su amabilidad para ser salvados? Es cierto que Dios es interminablemente bueno y misericordioso, con lo que desea poder perdonar todos y cada uno de los errores. Pero es requisito estimar que Dios es asimismo interminablemente justo. Por consiguiente, debe poder condenar todos y cada uno de los errores. Pero como Dios es asimismo interminablemente sagrado, jamás va a poder haber pecado en su presencia. Por consiguiente, tras nuestra muerte, ¿vamos a poder estar en presencia o no vamos a poder? Nosotros, aun si procuramos de cualquier manera ser totalmente puros, no vamos a poder estar absolutamente exentos de pecado. Pecaremos con las acciones, con las expresiones, aun con los pensamientos. Cualquier acto de no humildad es un pecado contra Dios. Como hemos pecado, por definición no vamos a poder estar, en tanto que Dios no puede coexistir con el pecado. De esta manera se enseña el don, el fantástico obsequio que el Padre nos logró enviándonos al Hijo. Sin el Hijo, no vamos a poder socorrer, sino vamos a estar perdidos. Y, por consiguiente, Dios debe sacrificarse a sí mismo en forma humana por causa del pecado, debe sacar el pecado de todo el mundo, y no existe nada que vamos a poder realizar nosotros solos para estar en presencia de Dios sin pecado. Dios nos quiere talmente que, pese a nuestros errores, proseguirá amándonos y nos va a ofrecer siempre y en todo momento la oportunidad de ser salvados. Aun si esto quiere decir su degradación, aun si esto quiere decir que Dios no es adulado por ángeles sobre un trono, sino más bien crucificado tras indecibles vejaciones. Dios desea llevar a cabo esto por el hecho de que quiere al hombre mucho más de lo que quiere su majestad. En verdad, en la creencia cristiana, ¿de qué forma podrían ser nuestros errores expiados sin la sangre de Cristo? Observemos su porqué. En el momento en que se peca y hay conciencia de haber pecado, en la mayoría de los casos se procura poner antídoto. Pero aun si procuramos solucionar este pecado, quizá intentando de ofrecer una compensación, el pecado continúa. Absolutamente nadie puede eliminar el pecado, salvo Cristo. Y este fue la meta primordial de su misión sobre la tierra: sacar el pecado de todo el mundo. Precaución: no «sacar el pecado de Israel», sino más bien «sacar el pecado de todo el mundo». (Juan 1, 29): El próximo día vio a Juan Jesús que venía a él, y ha dicho: Hete aquí el Cordero de Dios, que saca el pecado de todo el mundo. Quien piensa que la sangre de Cristo puede lavar sus errores y confía en él, cree en él. Quien no piensa que su sangre puede sacar sus errores, sencillamente no cree en ella. Evangelio de Juan (3, 16-21): Pues de tal manera amó Dios al planeta, que dió a su Hijo unigénito, a fin de que todo el que que cree en él, no se pierda, mucho más tenga vida eterna. Por el hecho de que no envió a Dios a su Hijo al planeta para condenar al planeta, sino más bien a fin de que el planeta sea salvo por él. Quien cree en él, no es culpado; pero quien no cree, ahora fué culpado, pues no ha creído en el nombre del unigenito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al planeta, y los hombres amaron mucho más las tinieblas que la luz, pues sus proyectos eran malas. Pues todo el que que hace lo malo, aburre la luz y no viene a la luz, a fin de que sus proyectos no sean reanudadas. Mucho más quien ejerce la realidad viene a la luz, a fin de que sea manifiesto que sus proyectos están fabricadas en Dios.

Según la creencia cristiana, por consiguiente, Dios no disculpa los errores “desde arriba”, sino más bien pagando a sí mismo. Dios no delegó a una “criatura” suya el padecimiento en la cruz. Dios mismo se encontraba en la cruz, dándonos el máximo ejemplo de humildad, por el hecho de que amaba talmente al hombre que se le sacrificó, cargando sobre sí todos y cada uno de los errores de todo el mundo y volviéndonos libres. Además de esto solo Dios, ser infinito, podía abonar con su sangre por todos y cada uno de los errores de todo el mundo que, por definición, siendo errores contra Dios, tienen una gravedad sin limites. Con el propósito de estudiar el origen de esta creencia observaremos ciertos pasajes del Viejo y del Nuevo Testamento. Demostraremos que los primeros cristianos pensaban que la sangre de Cristo podía eliminar el pecado, y observaremos de qué manera esta creencia influyó de tal manera sus vidas, al punto de llevarlos al calvario para asegurar la Verdad. Frente todo, examinamos ciertos versos del Viejo Testamento. Los judíos, antes de Cristo, ¿de qué manera expiaban sus errores? Observemos el pasaje pertinente al Libro Levítico (4, 32-35): Y si por su ofrenda por el pecado vestido cordero, hembra sin defecto va a llevar. Y va a poner la mano sobre la cabeza de la ofrenda de expiación, y la degollará por expiación en el sitio donde se degolla el holocausto. Después con el dedo el sacerdote va a tomar de la sangre de la expiación, y la va a poner sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar. Y le quitará su espesor, como fue sacado el abultado del sacrificio de paz, y el sacerdote le va a hacer abrasar en el altar sobre la ofrenda encendida a Jehová; y le va a hacer el presbítero expiación de su pecado que va a haber cometido, y va a ser perdonado. En el Viejo Testamento, Dios había ordenado sacrificar animales inmejorables, sin mácula. La persona que ofrecía el sacrificio se identificaba con el animal y debía matarlo. Los judíos pensaban que este rito proveía el perdón de los errores por la parte de Dios. El sacrificio animal servía, por consiguiente, como “castigo” para un pecador. De hecho, se mataba a un cordero de su rebaño. Se le sacaba un animal, bello en tiempos de carestía. Además de esto, el pecador, observando que el animal inocente moría, sentía pena por aquel ser viviente que moría gracias a su pecado. En la Biblia existen algunos pasajes esenciales que describen la llegada del Mesías y su sacrificio final y especial. Observemos la conocida profecía de Isaías (53:3-9): Menospreciado y rechazado entre los hombres, hombre de dolores, experimentado en rotura; y como escondimos su rostro, fue menospreciado, y no lo amamos. Precisamente trajo él nuestras patologías, y padeció nuestros dolores; y nosotros lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Pero él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros errores; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos rasgamos como ovejas, cada uno de ellos se separó por su sendero; pero Jehová cargó el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y aquejado, no abrió la boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja en frente de sus esquiladores, enmudeció, y no abrió la boca. Por prisión y por juicio fue sacado; y su generación, ¿quién la va a contar? Pues fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, pero con los ricos fue en su muerte; si bien jamás logró maldad, ni hubo engaño en la boca. Conque Isaac ahora había pronosticado, múltiples siglos antes de la llegada de Jesucristo sobre la tierra, que el Mesías debería cargar con nuestros sufrimientos y adjudicarse nuestros dolores. Por consiguiente, según la creencia cristiana, esta y otras premoniciones se hicieron con la encarnación del Verbo en un humano, Jesucristo. Con él, de hecho, se cumplió el sacrificio final y especial. Con su sangre, él sacó todos y cada uno de los errores de todo el mundo, completamente todos: pasados, presentes y futuros. Este es la meta primordial de la misión de Jesucristo en la tierra. En verdad, el sacrificio del Hijo de Dios es por definición el sacrificio final y especial, como se deduce de este pasaje de la Epístola a los Hebreos (7, 27): que no requiere cada día, como esos sumos curas, de prestar primero sacrificios por sus errores, y después por los del pueblo; por el hecho de que esto lo logró una vez por todas y cada una, ofreciéndose a sí mismo. Es de esta forma como Jesús vino entre nosotros (Juan 1, 11), radicó entre nosotros y nos tuvo compasión. Sintió y experimentó nuestras mismas conmuevas. Solo con un cuerpo humano el Verbo ha podido verdaderamente sentir nuestro mal, nuestro padecimiento y nuestra tristeza. Deseó sentirla en sí, no por un fundamento vacío, sino más bien pues el acto de cargar sobre él todo el mal de todo el mundo, todo el padecimiento de todo el mundo y todos y cada uno de los errores de todo el mundo era la condición que se requiere para socorrer a la raza humana. Sin la acción salvadora de Cristo, ya que, ningún hombre podría expiar sus errores. Solo entregándose a él y pensando que su sangre sirvió para lavar nuestros errores vamos a estar salvados. No obstante, solo si perseveramos hasta el desenlace, por supuesto. De esta manera se enseña visto que el Verbo se realizó carne. Si nos hubiese juzgado desde arriba, como por servirnos de un ejemplo en otras religiones, ¿quién se habría salvado? Ninguno hubiese podido conseguir la vida eterna. En cambio, él vino con apariencia de siervo, humillandose hasta la desaparición en la cruz (leer Epístola en Filipinos, 2: 5-11). Examinamos en este momento ciertos pasajes de los escritos neo-testamentarios donde el advenimiento salvador de Jesucristo es predicado y comunicado. Las Epístolas de Paz de Tarso importan para comprender lo comunicado oralmente desde los años precisamente siguientes a la Resurrección. Son entonces escenciales para saber lo que los primeros cristianos creían. Hete aquí ciertos pasajes de la Primera Epístola a los Corintios (11, 23-26): Por el hecho de que yo recibí del Señor lo que asimismo les he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, le partió, y ha dicho: Tome, coma; o sea mi cuerpo que para nosotros es partido; lleve a cabo esto en memoria de mí. Además tomó asimismo la copa, tras haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; realice esto todas y cada una de las ocasiones que la bebéis, en memoria de mí. Así, todas y cada una de las ocasiones que va a comer este pan, y bebará esta copa, la desaparición del Señor anunciará hasta el momento en que venga. Ahora en esta carta, entonces, redactada desde Éfeso el 54-55 d. en la red social cristiana de los corintios, la eucaristía, el sacramento instituido por Jesús en la última cena, es difundida en forma redactada. Observemos en este momento un pasaje esencial de la Primera Epístola a los Corintios (15, 1-8): Además de esto les declaro, hermanos, el evangelio que les he predicado, el que asimismo recibió, en el que asimismo perseveráis; con lo que también, si retiene la palabra que le he predicado, sois salvos, si no creyste en balde. Pues en primer lugar les he enseñado lo que además recibí: Que Cristo murió por nuestros errores, según las Escrituras; y que fue enterrado, y que resucitó el tercer día, según con las Escrituras; y que apareció en Cefas, y después a los 12. Entonces apareció mucho más de quinientos hermanos al unísono, de los que varios todavía viven, y otros ahora duermen. Entonces apareció en Jacobo; después a todos y cada uno de los apóstoles; y tras todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Según ciertos historiadores modernos, este era un dicho que circulaba entre los cristianos ahora en los años precisamente siguientes a la Resurrección de Jesús (1). Aparte de detallar su muerte, su Resurrección y sus visualizaciones, en el tercer verso está escrito «que Cristo murió por nuestros errores según las Escrituras». Por consiguiente, este artículo prueba que los primeros cristianos creían en tanto que el sacrificio de Jesús había servido para sacar “los errores”. En el 54-55 d.C. Pablo escribió asimismo la Epístola en los Gálatas, donde hay referencias a la acción salvadora de Jesús. Observemos el pasaje (1, 3-5): Felicidad y paz sean a nosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo, el que se dio a sí mismo por nuestros errores para librarnos del presente siglo malo, de conformidad con la intención de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Asimismo aquí, como observamos, está expresado el término que Jesús dio la vida en remisión de los errores, para socorrer del dominio del malvado. En la Epístola en los Gálatas, del mismo modo, hay un pasaje realmente fuerte, pero que expresa bien la iniciativa de la acción salvadora de Cristo (3: 13-14): Cristo nos redimió de la maldición de la ley, realizado por nosotros maldición (pues está escrito: Maldito todo lo colgado en una madera) a fin de que en Cristo Jesús la bendición de Abraham va a llegar a los gentiles, para que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu. Son expresiones duras, pero aquí desea resaltarse que Cristo aceptó, adoptó esa carne nuestra que está sosten al pecado, pero pese a estar él sin pecado, la maldición del pecado recayó sobre él. Atrayente es asimismo un pasaje sucesivo (3, 19-22): Entonces, ¿para qué exactamente sirve la ley? Fue añadida gracias a las vulneraciones, hasta el momento en que viniese la semilla a quien fue llevada a cabo la promesa; y fue organizada a través de ángeles en la mano de un intercesor. Y el intermediario no es así de uno solo; pero Dios es uno. ¿Después la ley es contraria a las promesas de Dios? De ningún modo; a fin de que si la ley dada pudiese vivificar, la justicia fuera realmente por la ley. Mucho más la Escritura lo cerró todo bajo pecado, a fin de que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuera dada a los fieles. Aquí Pablo pone en prueba las diferencias entre la Ley y la fe. La ley fue dada por un intermediario, Moisés, para contener el pecado. Pero la Ley no sacaba el pecado, no podía ofrecer la justificación, ya que no era con la capacidad de ofrecer la vida. La promesa salvadora de Dios se entrega solo con la fe en Jesús, o, con la fe de que solo él, como constructor de la vida, puede eliminar el pecado, triunfando a la desaparición. En su ferviente acción evangelizadora, Pablo llegó a Macedonia, de donde escribió la Segunda Epístola a los Corintios. Observemos el pasaje (5, 14-15): Pues el cariño de Cristo nos apremia, pensando esto: que si uno murió por todos, entonces todos fallecieron; y por todos murió, a fin de que los que viven, por el momento no vivan para sí, sino más bien para aquel que murió y resucitó por ellos. En este pasaje se expresa que Jesús murió por nosotros, para que nosotros no vivamos mucho más por nosotros, sino más bien a fin de que nosotros tengamos la posibilidad vivir en él. Examinamos en este momento ciertos pasajes significativos de la Epístola a los Romanos, redactada en el 57-58 d. Observemos, frente todo, el pasaje (1:16-17). Por el hecho de que no me abochorno del evangelio, por el hecho de que es poder de Dios para socorrer a todo el que cree; al judío en primer lugar, y asimismo al heleno. Por el hecho de que en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y por fe, como está escrito: Pero lo justo por la fe va a vivir El Evangelio, o sea, la Buena Novedosa, es la salvación de cualquier persona que crea. No de todos, por consiguiente, sino más bien solo de quien cree. Observemos en este momento este pasaje del capítulo tercero de la Epístola a los Romanos (3, 21-26): Pero en este momento, además de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios a través de la fe en Jesucristo, para todos y cada uno de los que creen en él. Por el hecho de que no hay diferencia, pues todos pecaron, y están depuestos de la gloria de Dios, siendo justificados de forma gratuita por su felicidad, a través de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación a través de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, gracias a haber vivido por prominente, en su paciencia, los errores pasados, con la intención de manifestar en ese tiempo su justicia, para que él sea el justo, y lo que justifica quien es de la fe de Jesús. De nuevo se expresa el término de que la justicia de Dios, que fue testimoniada por la Ley y por los Profetas, se manifestó a través de la fe en Jesucristo, por supuesto para todos y cada uno de los que creen en ella. La justificación, o sea, la anulación del pecado, es dada de forma gratuita, y es, por consiguiente, un don. Jesús es entonces un instrumento de expiación, a través de la fe en su sangre. Observemos en este momento el pasaje (4: 24-25) de la Epístola a los Romanos: sino más bien asimismo respecto a nosotros a quien ha de ser explicada, o sea, a quienes suponemos en quien levantó de los fallecidos Jesús, nuestro Señor , el que fue entregado por nuestras vulneraciones, y resucitado para nuestra justificación. Jesús fue crucificado por nuestra culpa, y su resurrección fue la certificación de que nuestros errores fueron exculpados. En este momento observemos otro pasaje de la Epístola a los Romanos (5, 6-11): Por el hecho de que Cristo, en el momento en que todavía éramos enclenques, murió al unísono por los impíos. Precisamente, solamente va a morir alguno por un justo; no obstante, podría ser que alguien se atreviese a fallecer por lo bueno. Mucho más Dios exhibe su amor hacia nosotros, en el que siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. Ya que considerablemente más, estando ahora justificados en su sangre, por él vamos a ser salvos de la furia. Pues si siendo contrincantes, fuimos reconciliados con Dios por la desaparición de su Hijo, considerablemente más, estando reconciliados, vamos a ser salvos por su historia. Y no solo eso, sino asimismo nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien recibimos en este momento la reconciliación. Aquí se lleva a cabo otra vez el término de que Jesucristo murió por todos nosotros pecadores. La salvación mediante la fe en Jesús reconcilia al hombre con Dios, da paz, tranquilidad. En el próximo pasaje de la Epístola a los Romanos se muestra, en cambio, el término de la acción salvadora de Cristo contrapuesta a la caída de Adán, el primer hombre. (5, 17-21): Ya que si por la transgresión de uno solo reinó la desaparición, considerablemente más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, quienes reciben la abundancia de la felicidad y del don de la justicia . Conque, como por la transgresión de un vino la condenación a todos y cada uno de los hombres, de esta manera por la justicia de un vino a todos y cada uno de los hombres la justificación de vida. Pues tal como por la desobediencia de un hombre, varios fueron constituidos pecadores, tal como por la obediencia de uno, los varios van a ser constituidos justos. Pero la ley se ingresó a fin de que el pecado abundara; pero en el momento en que el pecado abundó, sobreabundó la felicidad; por el hecho de que tal como el pecado reinó para muerte, de esta forma asimismo la felicidad reine por la justicia para vida eterna a través de Jesucristo, nuestro Señor. Es la caída de Adán la que logró ingresar el pecado en el planeta. Y es por la acción salvadora de Cristo que el pecado fue sacado de todo el mundo. Examinamos en este momento los próximos pasajes de la Epístola a los Romanos (6, 3-diez): ¿O no sabéis que todos y cada uno de los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Por el hecho de que somos enterrados al lado de él para muerte por el bautismo, para que como Cristo resucitó de los fallecidos por la gloria del Padre, de esta manera asimismo nosotros andamos en vida novedosa. Por el hecho de que si fuimos plantados al lado de él en la semejanza de su muerte, de esta manera asimismo lo vamos a ser a la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado al lado de él, a fin de que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos mucho más al pecado. Pues el que está muerto, fué justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, pensamos que asimismo vamos a vivir con él; a sabiendas de que Cristo, habiendo resucitado de los fallecidos, por el momento no muere; la desaparición no se enseña mucho más. Pues en el momento en que murió, el pecado murió una vez por todas y cada una; mucho más en relación vive, para Dios vive. En estos insignes pasajes Pablo nos recuerda el bautismo católico. El hombre viejo se desposee de sus errores y, suponiendo en la acción salvadora de Jesús, reaparece con él hacia una vida de luz, libre del pecado. En el último pasaje se expresa el término de que Jesús murió por el pecado, pero su Resurrección revela que lo venció. Examinamos en este momento un pasaje de la Epístola a los Efesios, compuesta al 62 d. (1, 7): en quien disponemos redención por su sangre, el perdón de errores según las riquezas de su felicidad. Es, por consiguiente, mediante la sangre de Cristo de qué forma tenemos la posibilidad de conseguir la redención de nuestros errores. En la Primera Epístola de Paz en Timoteo (1, 15-16): Palabra leal y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al planeta para socorrer a los pecadores, de los que yo soy el primero. Pero de ahí que fui recibido en clemencia, a fin de que Jesucristo mostrara en mí el primero su clemencia, por poner un ejemplo de quienes deberían opinar en ella para vida eterna. En este esencial pasaje, de nuevo Pablo nos comunica que Jesús vino para socorrer a los pecadores, esto es, a todos nosotros. En el verso 16 Pablo asegura que solo quienes creen en él son salvados por él y tienen la vida eterna. En ese pasaje sucesivo (2, 5-6) se destaca de nuevo que Jesús dio su historia en redención por los errores de todos. Por el hecho de que hay un solo Dios, y un solo intercesor entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el que se dio a sí mismo en salve por todos, de lo que se dio testimonio a su tiempo. Observemos en este momento un pasaje importante de la Segunda Epístola en Timoteo (1, 9-diez). quien nos salvó y llamó con llamada santa, no de conformidad con nuestras proyectos, sino más bien según el propósito de el y la felicidad que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que en este momento fué manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, quien sacó la desaparición y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio. Con su Resurrección, Jesús venció a la desaparición y al pecado. Nos probó, ya que, que su obra salvadora se cumplió. Examinamos asimismo la Epístola a Tito en el pasaje (2, 11-14): Por el hecho de que la felicidad de Dios se ha manifestado para socorrer a todos y cada uno de los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad ahora los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la promesa bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro enorme Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda desigualdad y purificar para sí un pueblo propio, receloso de buenas proyectos. Aquí Pablo nos enseña la acción salvadora de Cristo, que dio su historia por nosotros, o sea, para rescatarnos de nuestras injusticias. Observemos un último pasaje de la Epístola en Tito (3, 4-7): Pero en el momento en que se manifestó la amabilidad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia los hombres, nos salvó, no por proyectos de justicia que nosotros habríamos hecho, sino más bien por su clemencia, por el lavado de la regeneración y por la renovación al Espíritu Beato, el que derramó en nosotros en abudancia por Jesucristo nuestro Salvador, a fin de que justificados por su felicidad, viniéramos a ser herederos según la promesa de la vida eterna. Asimismo aquí se asegura de manera fuerte que fuimos salvados a través de Jesucristo a fin de que pudiésemos conseguir la vida eterna. Examinamos en este momento la Epístola en los Hebreos, probablemente redactada antes del 70 d. Asimismo en esta conocida epístola, cuya autoría es dudosa, hay distintas referencias a la acción salvadora de Cristo. Ahora hemos visto al comienzo del producto el pasaje (7, 27), donde se expresó el término del sacrificio final y especial de Cristo. En este momento observemos otras oraciones, comenzando por el pasaje (1, 1-3): Dios, habiendo hablado frecuentemente y de muchas formas en otro tiempo a los progenitores por los profetas, en estos últimos días nos mencionó por el Hijo, a quien formó heredero de todo, y por quien logró además el cosmos; el que, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su substancia, y quien sosten todas y cada una de las cosas con la palabra de su poder, habiendo realizado la purificación de nuestros errores a través de sí mismo, se sentó en la diestra de la Majestad a las alturas, En este pasaje se asegura que el Hijo expidió nuestros errores, es decir, pagó por nuestros errores, sacándolos con su sangre. En el pasaje (2, 9) se asegura que Jesús pagó con su muerte por todos nosotros. Pero observamos aquel que fue hecho algo menor que los ángeles, Jesús, coronado de gloria y de honra, a raíz del padecimiento de la desaparición, a fin de que por la felicidad de Dios gustara la desaparición por todos. Observemos en este momento el pasaje (2, 17-18): De ahí que había de ser en todo similar a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y leal supremo pontifice en lo que se refiere a Dios, para expiar los errores del pueblo. Ya que en relación él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados. Dios debía encarnarse en un hombre para lograr padecer como un hombre, de esta manera ha podido expiar los errores de todo el mundo. Y como fue tentado, ha podido venir a nuestra asistencia. Asimismo este siguiente pasaje de la Epístola a los Hebreos (9, 11-17) es esencial para comprender la acción salvadora de Cristo: Pero estando presente Cristo, supremo pontifice de los recursos venideros, por el mucho más extenso y mucho más especial tabernáculo, no hecho de manos, o sea, no de esta creación, y no por sangre de machos caprinos ni de terneros, sino más bien por su sangre, entró una vez por todas y cada una en el Muy santo sitio, habiendo logrado eterna redención. Por el hecho de que si la sangre de los bueyes y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los repulsivos, santifican para la purificación de la carne, cuanto mucho más la sangre de Cristo, el que a través de el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo mismo sin mácula a Dios, va a limpiar sus conciencias de proyectos fallecidas a fin de que ayuda al Dios vivo? Conque, de ahí que, es intermediario de un nuevo pacto, a fin de que interviniendo muerte para la remisión de las vulneraciones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Pues donde hay testamento, debe intervenir muerte del testador. Pues el testamento con la desaparición se asegura; ya que no es válido al paso que el testador vive. No era ahora la sangre de cabras y terneros, que sacaba por un tiempo el pecado, sino en esta ocasión fue la sangre de Cristo, que tiene interminablemente mucho más valor que la sangre de animales sin mácula. Su sangre fue asimismo el sello del Nuevo Testamento, que aceptó validez solo con la desaparición del testador. En el próximo pasaje, de nuevo se asegura el sentido del sacrificio de Cristo, final y especial (9, 23-28): Fue, ya que, preciso que las figuras de las cosas divinos fuesen purificadas de esta forma; pero las cosas divinos mismas, con mejores sacrificios que estos. Pues no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino más bien en el cielo mismo para presentarse en este momento por nosotros frente Dios; y no para ofrecerse frecuentemente, como entra el supremo pontifice en el Muy santo sitio de año en año con sangre extraña. De otra forma, habría debido padecer frecuentemente desde el comienzo de todo el mundo; pero en este momento, en la consumación de los siglos, se presentó una vez por todas y cada una por el sacrificio de sí para sacar de en medio el pecado. Y de la manera que está predeterminado para los hombres que mueran solo una vez, y tras esto el juicio, de este modo asimismo Cristo fue brindado solo una vez para llevar los errores de varios; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para socorrer a quienes le aguardan. Oraciones muy importantes: frente todo, Cristo se manifestó una vez por todas y cada una para sacar el pecado. Además de esto, el hombre muere solo una vez y después es sometido a juicio. Este término es afirmado asimismo en los pasajes siguientes (diez, 8-diez): Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no deseaste, ni te agradaron (las que cosas se proponen según la ley), y diciendo después : Hete aquí que vengo, oh Dios, para llevar a cabo tu intención; quita lo primero, para detallar esto último. En esta intención somos santificados a través de la ofrenda del cuerpo de Jesucristo llevada a cabo una vez por todas y cada una. (diez, 12-14): pero Cristo, habiendo brindado una vez por todas y cada una un solo sacrificio por los errores, se ha sentado a la derecha de Dios, de aquí de ahora en adelante aguardando hasta el momento en que sus contrincantes sean puestos por estrado de sus pies ; pues con solo una ofrenda logró idóneas para siempre y en todo momento a los santificados. En el pasaje sucesivo (diez, 19-22), se asegura que para ingresar en el santuario, es decir, en el Reino de Dios, es precisa su sangre y su cuerpo, una llamada entonces a la eucaristía ahora la fe en él: Conque, hermanos, teniendo independencia para ingresar en el Muy santo rincón por la sangre de Jesucristo, por el sendero nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, o sea, de su carne, y teniendo un enorme sacerdote sobre la vivienda de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en medio de una seguridad de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Observemos en este momento el último pasaje de la Epístola a los Hebreos (13, diez-12): Poseemos un altar, del que no están en su derecho a comer los que sirven al tabernáculo. Pues los cuerpos de esos animales cuya sangre a raíz del pecado es introducida en el santuario por el supremo pontifice, son quemados fuera del campamento. De ahí que asimismo Jesús, por santificar al pueblo a través de su sangre, padeció fuera de la puerta. En el Viejo Testamento se sacrificaban animales sin mácula por fuera de los campamentos. Jesús, el Cordero de Dios, fue sacrificado fuera de los muros de Jerusalén. Examinamos en este momento los pasajes de los Evangelios que manifiestan el término que nuestro Jesucristo saca nuestros errores. Vamos un primer pasaje al Evangelio de Marcos (2, 5): Al notar a Jesús la fe de ellos, ha dicho al paralítico: Hijo, tus errores te son perdonados. Jesús disculpa los errores de la gente que tienen fe. Puede llevarlo a cabo por el hecho de que él mismo es Dios. Por supuesto a orejas de los hebreos todo lo mencionado parecía una blasfemia, pero para Jesús era habitual decirlo y llevarlo a cabo, ya que era realmente el Hijo de Dios. Observemos en este momento ciertos pasajes del Evangelio de Mateo. Comencemos con (1, 20-21): Y pensando él en esto, hete aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le ha dicho: José, hijo de David, no poseas temor de recibir a María tu mujer, pues el que en ella es engendrado, del Espíritu Beato es. Y va a dar a luz a un hijo, y llamarás a su nombre Jesús, pues él salvará a su pueblo de sus errores. Es el ángel del Señor quien asegura que Jesús salvará al pueblo de sus errores. Tal es así que ahora en la anunciación del niño se establece, como ahora habían dicho Isaías y otros profetas, la naturaleza salvadora de la misión de Jesús sobre la tierra. En el pasaje (8, 17) del Evangelio de Mateo no se hace otra cosa que corroborar un pasaje de la profecía de Isaías (capítulo 53): a fin de que se cumpliese lo que se dijo por el profeta Isaías, en el momento en que ha dicho: Exactamente el mismo tomón nuestras anomalías de la salud , y levanto nuestras enfermedades. Esta es una prueba de que los primeros cristianos (tengamos en cuenta que existen algunos rastros de que el Evangelio de Mateo fue escrito en arameo o en hebreo cerca del 45 d.C., nota 2) creían en el término de que Jesús, instantaneamente de la crucifixión, se cargó todos y cada uno de los errores de todo el mundo. Observemos el pasaje (17, 12) del Evangelio de Mateo: Mas les digo que Elías ahora vino, y no le conocieron, sino hicieron con él todo cuanto desearon; de esta forma asimismo el Hijo del Hombre padecerá de ellos. En este pasaje, Jesús detalla a Juan Bautista, diciendo que padeció injusticias. De igual forma afirma que asimismo él va a deber padecer. Observemos en este momento el pasaje del Evangelio de Mateo (18, 11): Pues el Hijo del Hombre vino para socorrer lo que se había perdido De nuevo se asegura el término de la salvación, traída por él, Hijo del hombre. Asimismo en el pasaje sucesivo (20, 28) se asegura un término afín: como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino más bien para ser útil, y para ofrecer su historia en salve por varios. Observemos un último pasaje del Evangelio de Mateo (26, 27-28): Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; pues o sea mi sangre del nuevo pacto, que por varios es vertida para remisión de los errores. Es Jesús mismo quien asegura que su sangre es vertida por el perdón de los errores. Evaluemos en este momento el Evangelio de Lucas. En los pasajes (1, 67-79) está la profecía de Zacarías, el padre de Juan el Bautista. Tras haber retomado la palabra, él comienza a profetizar, anunciando la redención de los errores. Hete aquí 2 pasajes: (1, 68): Bendito el Señor Dios de Israel,  Que ha visitado y redimido a su pueblo, (1, 77): Para ofrecer conocimiento de salvación a su pueblo,  Para perdón de sus errores, Pocos pasajes mucho más adelante está el aviso del ángel del Señor (2, 11): que les ha nacido el día de hoy, en la localidad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Desde el pasaje (2, 25) se relata la narración de Simón y Ana, jubilados que reconocen en el niño el auténtico Mesías de Israel. Observemos el pasaje (29-32): En este momento, Señor, despides a tu siervo en paz,  De conformidad con tu palabra; Pues vieron mis ojos tu salvación,  La que has listo en presencia de todos y cada uno de los pueblos; Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel. Entonces, en el pasaje 34, el adulto mayor Simón revela la acción salvadora de Jesús: Y los bendijo Simeón, y ha dicho a su madre María: Hete aquí, este está puesto para caída y para alzamiento de varios en Israel, y para señal que va a ser contradicha La Resurrección va a ser dada a varios, no a todos. Solo a quienes crean en él. En el pasaje (3, 4-5) Lucas transmite otra profecía de Isaías (40, 3-5), observemos: como está escrito en el libro de las expresiones del profeta Isaías, que afirma:  Voz del que clama en el desierto:  Preparad el sendero del Señor; Enderezad sus rutas. Todo valle se rellenará,  Y se bajará todo monte y collado; Los caminos torcidos van a ser enderezados,  Y los caminos ásperos allanados; Y va a ver toda carne la salvación de Dios. “Y va a ver toda carne la salvación de Dios.”, cierto, pues Jesucristo es el Salvador y sin él no hay oportunidad de ser salvados. Asimismo en el verso (4, 18-19) Lucas cuenta que Jesús, en la sinagoga de Nazaret, leyó una profecía de Isaías (61, 1-4): El Espíritu del Señor está sobre mí,  Por cuanto me ha ungido para ofrecer buenas novedosas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A proclamar independencia a los cautivos,  Y vista a los ciegos; A poner en independencia a los oprimidos; A predicar el año interesante del Señor. Los presos son los esclavos del pecado, que con la fe en Jesús van a ser libres. En el pasaje de Lucas (5, 17-26) se transmite exactamente el mismo episodio contado en Mateo (9, 1-8) y en Marcos (2, 1-12). En las tres especificaciones, Jesús excusa los errores de la gente que tienen fe. Observemos en este momento el próximo pasaje del Evangelio de Lucas (9, 22): y diciendo: Es requisito que el Hijo del Hombre sufra varias cosas, y sea desechado por los jubilados, por los primordiales curas y por los redactes, y que sea fallecido, y resucite al tercer día. Aquí Jesús comunica su pasión y padecimiento, aparte del hecho de que ciertos no admitirán su llegada y lo negarán. Además comunica su muerte y su resurrección. Evaluemos en este momento el próximo pasaje del Evangelio de Lucas (19, diez): Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a socorrer lo que se había perdido. Aquí se asegura de nuevo que Jesús vino a socorrer al planeta y no a juzgarlo. Observemos asimismo este último pasaje del Evangelio de Lucas (22, 19-20): Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: O sea mi cuerpo, que por nosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De la misma forma, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por nosotros se derrama. Es tal como regresa el término del cuerpo y de la sangre que van a ser ofrecidos como sacrificio final y especial, con el objetivo de eliminar el pecado. Pasemos en este momento al Evangelio de Juan: Antes de nada, al pasaje ahora mencionado (Juan 1, 29): El próximo día vio Juan a Jesús que venía a él, y ha dicho: Hete aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado de todo el mundo. Observemos entonces el pasaje (3, 14-15): Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, de esta manera es requisito que el Hijo del Hombre sea levantado, a fin de que todo el que que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Aquí Juan se remite a un pasaje del Libro de los Números (21, 8). El episodio de la serpiente de bronce se toma como imagen y prefiguración de la Resurrección, de forma que quien crea en Jesús tenga vida eterna. Entonces están los insignes pasajes del Evangelio de Juan (3, 16-21), ahora transmitidos al comienzo de este producto. Entonces está el pasaje del Evangelio de Juan (4, 41-42): Y creyeron considerablemente más por la palabra de él, y afirmaban a la mujer: Por el momento no suponemos únicamente por tu dicho, pues nosotros hemos oído, y entendemos que realmente este es el Salvador de todo el mundo, el Cristo. Tras el episodio de la samaritana, la multitud del pueblo se había convencido de que Jesús era realmente el Mesías y de que había venido para socorrer el planeta, y no para condenarlo. Observemos en este momento tres esenciales pasajes del Evangelio de Juan. (6, 35-40): Jesús les ha dicho: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, jamás va a tener apetito; y el que en mí cree, no va a tener sed nunca. Mas les he dicho, que si bien me habéis visto, no creéis. Todo cuanto el Padre me da, va a venir a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Por el hecho de que he descendido del cielo, no para realizar mi intención, sino más bien la intención del que me envió. Y esta es la intención del Padre, el que me envió: Que de todo cuanto me diere, no pierda yo nada, sino lo resucite en el día postrero. Y esta es la intención del que me ha enviado: Que todo el que que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. y (6, 47-51): De determinado, de determinado les digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Nuestros progenitores consumieron el maná en el desierto, y fallecieron. Este es el pan que desciende del cielo, a fin de que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, va a vivir para toda la vida; y el pan que yo voy a dar es mi carne, la que yo voy a dar por la vida de todo el mundo. y (6, 53, 58): Jesús les ha dicho: De determinado, de determinado les digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en nosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Pues mi carne es verídica comida, y mi sangre es verídica bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí continúa, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, también el que me come, él asimismo va a vivir por mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como nuestros progenitores consumieron el maná, y fallecieron; el que come de este pan, va a vivir eternamente. Es tal como Jesús comienza a detallar el término de que él mismo es el pan de la vida. La eucaristía es anunciada por él en modo alegre, como un don, un obsequio que Dios hace a los hombres. Quien lo admite y cree en él, va a tener vida eterna. Además de esto, en el verso 51, se asegura que su cuerpo es dado en sacrificio para la vida de todo el mundo, tal es así que quien crea en él tenga vida eterna. En el verso 54 se destaca que solo quien come su cuerpo y bebe su sangre va a tener la vida eterna. Es la acción salvadora de Jesús que se revela en la fe y en la eucaristía. Observemos en este momento 2 pasajes del capítulo 8. (8, 31-32): Ha dicho entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si nosotros permaneciereis en mi palabra, vais a ser realmente mis acólitos; y conoceréis la realidad, y la realidad les va a hacer libres. y (8, 36): Conque, si el Hijo les libertare, vais a ser realmente libres. La Verdad, que es Jesucristo (Juan 14, 6), nos regresa libres, en el sentido de que con él hay liberación del pecado, y por consiguiente, teniendo fe en él, se consigue la salvación. La auténtica independencia es la salvación. Y la salvación viene solo de Jesucristo (Juan 14, 6). Observemos en este momento otro pasaje del Evangelio de Juan (diez, 27-28): Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me prosiguen,  y yo les doy vida eterna; y no perecerán nunca, ni absolutamente nadie las quitará de mi mano. Es Jesús quien a través de su acción salvadora da la vida eterna a sus ovejas, esto es, a quienes lo reconocen y creen en él. Observemos en este momento el célebre diálogo entre Jesús y Marta, que antecede al milagro de la resurrección de Lázaro (Evangelio de Juan 11, 25-27): Le ha dicho Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, si bien esté fallecido, va a vivir. Y todo el que que vive y cree en mí, no va a morir eternamente. ¿Crees esto? Le ha dicho: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al planeta. Aquí, de nuevo, Jesús afirma abiertamente que él mismo es la resurrección y la vida. Quienes crean en él van a tener vida eterna. Marta reconoce en él al Mesías, el Hijo de Dios. Sigamos en el análisis del Evangelio de Juan. Observemos el pasaje (12, 44-50): Jesús clamó y ha dicho: El que cree en mí, no cree en mí, sino más bien en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió. Yo, la luz, he venido al planeta, a fin de que todo el que que cree en mí no continúe en tinieblas. Al que oye mis expresiones, y no las almacena, yo no le juzgo; pues no he venido a evaluar al planeta, sino más bien a socorrer al planeta. El que me repudia, y no recibe mis expresiones, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Por el hecho de que yo no he hablado por mi cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de charlar. Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo dijo. Todavía Jesús asegura expresiones inauditas, que tienen una capacidad perturbadora. Él vino para socorrer el planeta, no para condenarlo. En estas oraciones está expresado el término salvador de Jesús, pero asimismo el término de que él mismo es consustancial al Padre. Observemos un último pasaje del Evangelio de Juan (17, 2-3): como le has dado potestad sobre toda carne, a fin de que dé vida eterna a todos y cada uno de los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. La vida eterna es dada a quienes lo acogen, los “hijos de Dios”, (Evangelio de Juan 1, 12). Pasemos en este momento al análisis de ciertos pasajes de los hechos de los Apóstoles y de las Epístolas universales, donde se detalla el sacrificio de Jesucristo para eliminar el pecado de todo el mundo. Observemos, frente todo, el pasaje (3, 18-19) de los Hechos de los Apóstoles: Pero Dios ha cumplido de esta forma lo que había antes comunicado por boca de sus profetas, que su Cristo debía sufrir. Conque, arrepentíos y convertíos, a fin de que sean eliminados nuestros errores; a fin de que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, Aquí Pedro afirma que Jesucristo debía padecer e inclusive exhorta a sus oyentes a transformarse y a opinar en Cristo, con la intención de que sus errores sean exculpados. Eso prueba, entonces, que en la acción salvadora de Jesús se creía inmediatamente, poco días tras la Resurrección. Otro pasaje esencial de los Hechos es el próximo (4, diez-12): sea conocido a todos nosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien nosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los fallecidos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por nosotros los edificadores, la que vino a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; pues no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que tengamos la posibilidad ser salvos. Aquí Pedro asegura que solo mediante Jesús se puede ser salvados. Evaluemos asimismo los próximos pasajes, (diez, 40-43): A este levantó Dios al tercer día, y también logró que se manifestase; no a todo el pueblo, sino más bien a los presentes que Dios había ordenado por adelantado, a nosotros que comimos y tomamos con él después que resucitó de los fallecidos. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios puso por Juez de vivos y fallecidos. De este dan testimonio todos y cada uno de los profetas, que todos y cada uno de los que en él creyeren, van a recibir perdón de errores por su nombre. (13, 37-39): Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. Sabed, ya que, esto, hombres hermanos: que a través de él se les comunica perdón de errores, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo el que que cree. En el primer pasaje, Pedro atestigua la Resurrección de Jesús, y atestigua que quien piensa que él es el Hijo de Dios, recibe el perdón de los errores. Asimismo aquí de forma indirecta se establece que Jesús quitó los errores de todo el mundo con su acción salvadora. En el segundo pasaje, Pablo comunica el perdón de los errores para quien cree en Jesús. Múltiples ocasiones Pablo enseña el término de la acción salvadora de Cristo, no solo en sus cartas, sino más bien asimismo en sus Hechos, por medio de la narración de Lucas. Observemos el pasaje de los Hechos (17, 1-3): Pasando por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos. Y Pablo, como habituaba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo a través de las Escrituras, que era preciso que el Cristo padeciese, y resucitase de los fallecidos; y que Jesús, a quien yo les aviso, afirmaba él, es el Cristo. Jesús debía padecer, debía cargar sobre sí mismo todos y cada uno de los errores para lograr expiar las culpas de todos nosotros. Observemos en este momento el último pasaje de los Hechos (26, 22-23): Pero habiendo conseguido auxilio de Dios, persevero hasta hoy, dando testimonio a pequeños y a enormes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés afirmaron que tenían que ocurrir: Que el Cristo tenía que sufrir, y ser el primero de la resurrección de los fallecidos, para comunicar luz al pueblo y a los gentiles. Aquí Pablo charla al rey Agripa, manteniendo que Jesús habría debido padecer por todos nosotros para entonces comunicar la luz en la Resurrección. Evaluemos en este momento la Primera Epístola de Pedro (1, 17-21): Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas evalúa según la obra de cada uno de ellos, conducíos en miedo en todo momento de vuestra peregrinación; a sabiendas de que fuisteis salvados de vuestra vana forma de vivir, la que recibisteis de nuestros progenitores, no con cosas corruptibles, como oro o plata,  sino más bien con la sangre hermosa de Cristo, como de un cordero sin mácula y sin polución,  ahora designado desde antes de la fundación de todo el mundo, pero manifestado en los finales tiempos por amor de nosotros, y a través de el que creéis en Dios, quien le resucitó de los fallecidos y le dió gloria, a fin de que vuestra fe y promesa sean en Dios. Es la sangre hermosa de Cristo, cordero sin defectos y sin mácula que “libera”, es decir, quita el pecado. Observemos en este momento los pasajes (2, 24-25): quien llevó él mismo nuestros errores en su cuerpo sobre el madero, a fin de que nosotros, estando fallecidos a los errores, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. Por el hecho de que nosotros erais como ovejas descarriadas, pero en este momento habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras ánimas. En estos pasajes Pedro se remite a 2 premoniciones bíblicas: Isaías (53, 4-12) y Ezequiel (34-5). En este momento observemos un último pasaje de la Primera Epístola de Pedro (3, 18): Pues asimismo Cristo sufrió solo una vez por los errores, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la realidad fallecido en la carne, pero vivificado en espíritu; Cristo murió para eliminar los errores. Murió justo, esto es inocente, por los injustos, por los pecadores, esto es por todos nosotros, para ofrecernos la oportunidad de ser reconducidos a Dios. Asimismo en la Primera Epístola de Juan existen algunos pasajes que aclaran el objetivo primordial de la misión de Jesucristo en la tierra. Observemos el pasaje (1, 7-9): pero si andamos en luz, como él está en luz, contamos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si mencionamos que no poseemos pecado, nos engañamos a nosotros, y la realidad no está en nosotros. Si confesamos nuestros errores, él es leal y justo para perdonar nuestros errores, y limpiarnos de toda maldad. Para ser salvados debemos confesar nuestros errores y opinar en Jesucristo. En un caso así, nuestros errores van a ser perdonados a través de su sangre. Observemos en este momento el pasaje (2, 1-2): Hijitos míos, estas cosas les escribo a fin de que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, letrado contamos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros errores; y no únicamente por los nuestros, sino más bien asimismo por los de todo el planeta. Juan asegura de nuevo: Jesús derramó su sangre para expiar nuestros errores, no solamente los nuestros, sino más bien los de todo el planeta. Observemos el pasaje (3, 4-6): Todo el que que comete pecado, viola asimismo la ley; ya que el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para eliminar nuestros errores, y no hay pecado en él. Todo el que que continúa en él, no peca; todo el que que peca, no le vió, ni le ha popular. Jesús se manifestó para eliminar el pecado. Quien continúa en él, no peca, quien peca se distancia de él, en tanto que él, siendo Dios, es interminablemente sagrado. Observemos 2 últimos pasajes de la Primera Epístola de Juan. (4, 9-diez):   En esto se mostró el cariño de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al planeta, a fin de que vivamos por él. En esto radica el cariño: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino más bien en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros errores. y (4, 14-16): Y nosotros vimos y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador de todo el mundo. Todo el que que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios continúa en él, y él en Dios. Y nosotros conocimos y creído el cariño que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que continúa en amor, continúa en Dios, y Dios en él. De nuevo, Juan asegura que Jesús fue enviado para expiar nuestros errores, en tanto que él es el Salvador del Planeta. Para finalizar, pasemos a investigar el Apocalipsis de Juan. En este libro profético, escrito por Juan a fines del primer siglo d.C., existen muchas referencias al Cordero de Dios y a su acción salvadora. Observemos ciertos. (1, 4-5): Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Felicidad y paz a nosotros, del que es y que era y que debe de venir, y de los siete espíritus que están enfrente de su trono; y de Jesucristo el testigo leal, el primogénito de los fallecidos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros errores con su sangre, Jesucristo nos liberó de los errores con su sangre. (2, 7): El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu afirma a las iglesias. Al que venciere, le voy a dar a comer del árbol de la vida, el que está en la mitad del paraíso de Dios. El árbol de la vida es el símbolo de quien es la vida, Jesucristo. La Resurrección va a ser dada a quienes hayan creído en él. (5, 8-9): Y en el momento en que hubo tomado el libro, los 4 seres vivientes y los veinticuatro jubilados se postraron enfrente del Cordero; todos tenían harpas, y copas de oro repletas de incienso, que son las frases de los beatos; y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; pues tú fuiste sacrificado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo estirpe y lengua y pueblo y nación; Jesús fue sacrificado y con su sangre salvó a hombres de todos y cada uno de los pueblos. (5, 11): Y miré, y oí la voz de varios ángeles cerca del trono, y de los seres vivientes, y de los jubilados; y su número era millones de millones, que afirmaban a enorme voz: El Cordero que fue sacrificado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. El Cordero de Dios fue sacrificado para eliminar el pecado de todo el mundo. (7, 9-diez): Tras esto miré, y hete aquí una enorme multitud, la que absolutamente nadie podía contar, de todas y cada una naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban enfrente del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a enorme voz, diciendo: La salvación forma parte a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. Los salvados lavaron sus errores en la sangre del Cordero. (12, 9-11): Y fue publicado fuera el enorme dragón, la serpiente vieja, que lleva por nombre demonio y Satanás, el que engaña a todo el mundo; fue lanzado a la tierra, y sus ángeles fueron lanzados con él. Entonces oí una enorme voz en el cielo, que afirmaba: En este momento vino la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; por el hecho de que fué lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba enfrente de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido a través de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la desaparición. De nuevo se asegura que es la sangre del Cordero la que venció el pecado, la desaparición y a Satanás. Sucedió al comienzo, en el momento en que Satanás se le sublevó a Dios, sucedió con la acción salvadora de Jesucristo, y va a suceder por fin de los tiempos. Aparte de su muerte en la cruz, en el momento en que Jesucristo cargó sobre sí todos y cada uno de los errores de todo el mundo y los quitó con su sangre, está el acontecimiento primordial de su misión: la Resurrección (En los Evangelios: Mateo, 28; Marcos, 16; Lucas, 24; Juan, 20). En la Resurrección, Jesucristo venció la desaparición y probó su poder sobre ella. Solo Dios mismo, que creó el cosmos, tiene el poder de vencer el pecado y la desaparición. La Resurrección es, además de esto, la demostración de que Dios aceptó el radical sacrificio de Cristo realizado por todos y cada uno de los humanos y certifica que quienes creen en Jesucristo van a ser resucitados a la Vida Eterna. De esta manera llegamos por fin de este examen, donde hemos visto muchas referencias al término de Cordero y a la acción salvadora de Jesucristo en los distintos libros del Nuevo Testamento. Hay, no obstante, un último pasaje del Evangelio de Juan que quisiese investigar. Es el pasaje (14-6): Jesús le ha dicho: Yo soy el sendero, y la realidad, y la vida; absolutamente nadie viene al Padre, sino más bien por mí. Concentrémonos en la oración: “yo soy el sendero, la realidad y la vida”. Solo quien es el constructor de la vida (Juan 1, 3), solo quien es la vida misma, puede vencer la desaparición. Y entonces puede vencer el pecado, que es el origen de la desaparición. Quien no es la vida misma no puede eliminar el pecado. Solo Jesucristo, que es la vida, puede eliminar el pecado de todo el mundo.

Por: Yuri Leveratto (1968, Génova, Italia) explorador, economista y escritor

La cuestión primordial que encara cada Navidad 

En este momento me percato de que no hubo complejos intentos de probar lo que las declaraciones de Patty no se fundamentan en la verdad de Dios fuera de nosotros, pero son las bases de la creación de la iniciativa de Dios en nosotros. En otras expresiones, la multitud como el pensador alemán Ludwig Feuerbach ha dicho en 1841 que Dios no es una situación fuera de nosotros que tenemos la posibilidad de confiar y obedecer; por contra, es una proyección de nuestras pretensiones de la verdad.

Dios no nos creó; nosotros creamos a Dios. Es exactamente pues sentimos lo que Patty estimó que la gente se ven obligadas a hacer un Dios para opinar que la pérdida de un hijo sería molesto sin promesa tras la vida. Y con lo que transcurrido el tiempo Dios es desarrollado para sostener la promesa. Él no posee otra situación que nosotros suponemos en Él.

Para eliminar el demonio y sus proyectos

“Conque, por cuanto los hijos forman parte de carne y sangre, asimismo Jesús participó de lo mismo, para anular a través de la desaparición el poder de aquel que tenía el poder de la desaparición, esto es, el demonio, y librar a los que por el miedo a la desaparición, estaban sujetos a esclavitud a lo largo de toda la vida.” Hebreos 2:14-15

“El que ejerce el pecado es del demonio, pues el demonio ha pecado desde el comienzo. El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para eliminar las proyectos del demonio.” 1 Juan 3:8

¿Que iba a enviar Dios a la tierra?

«entonces, ¿Qué va a ser su castigo? ¡Indudablemente va a ser lo que teme! Y ¿Qué va a ser su castigo, sino más bien la destrucción total? ¿Quizá no los ha destruido Jehová el Señor, el Rey de Israel, del territorio que él se encontraba presto a proporcionarles a los hijos de Israel?» (2 Reyes 17:20)

«Pero en el momento en que llegaron al rincón que Dios le había dicho, Abraham levantó el cuchillo para matar a su hijo.» (Génesis 22:diez)

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